RITA DE CÁSSIA AMORIM ANDRADE
ESPAÑOL
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LA VIEJA SEÑORA E EL JOVEN

Por las bancas de verduras y legumbres, pasaban algunos retardatarios; los fregueses de la ganga. Era casi noche y el sol ya se iba para el posío diário. La vieja señora recogía casi todo el trabajo de colecta del día anterior. Quizá no tuviese se esforzado el suficiente en ofrecer a los pasantes, la mercadoría. Todo por culpa de aquello chico a vigiarla con los  pequños ojos negros. Luego en el primer mirar, sintió algo de misterioso, podría ser un anjeo o quién sabe, el própio demonio. Tenía la apariencia de anciana, no por la edad, pero por los trabajos y luchas en el campo. El sol fuerte ha resecado la su pele, que un día fue blanca y que ahora era un cuero curtido. La vista cansada aún le daba una restea de luz hasta más intensa do que parecía a la primera vista. El pobre cuerpo, pobrecito, es que se resentía de los años. El día todo allí, estuviera él, apareciendo y desapareciendo, siempre a verla. Debía mismo ser el “demo”. ¡Imaginen! iElla sentir cosas que ya había olvidado había años! Eran como heridas en las carnes semimuertas. Él la miraba y había serenidad en aquello mirar casi sonriente. Era el “demo” mismo, ahora tenía certeza. ¡Sólo podía ser! Él con mirar fijo en ella, y ella a sentir repujo en aquél lugar secreto, casi olvidado. Trató de amarrar los bolsos de plásticos llenos de frutos y vegetales. Cuando llegase en casa, pondría las hojas en la vasija de agua y en el día siguiente vendría a los vecinos, a precios pequeños. El problema eran los legumbres, pesados demasiadamente para sus brazos cansados.

– ¿Puedo ayudarla?

– ¡No! Muchas gracias. Estoy acostumbrada.

– Vamos para la misma dirección...

– ¿Qué historia es esa? ¿De dónde ha salido?

– Vine ver las tierras que me fueran dejadas por mi abuelo.

– ¿Quién es su abuelo? – Preguntó assustada.

En aquellos segundos que antecedieron, había pensado sobre muchas posibilidades, excepto esta de “abuelo”. ¿Sería nieto de su marido? No dudaba, él fue un hombre viciado em mujeres. No tuvo hijos juntos, pero cuando muríó, apareció mucha gente se diciendo sus hijos, a le tomaren las tierras. ¡Ahora surgía este nieto! ¡Santo Dios! Su único pedacito de suelo, ¡mal daba para plantear unas cositas para sobrevivir! Se sentía tan mala que aceptó la ayuda de aquello anjeo o domonio.

El niño era realmente nieto de su marido. En estas circunstancias, nada a hacer. Tuvo que recebarlo en su pequeña casa. Es, porque la casa grande, perdió para los hijos del infeliz. Todos registrados seguramente, en la notaría, y ella, mismo con pose de dama, jamás fue registrada en el papel como su mujer. Fue vendida. Los padres, pobres emigrantes, no excitaron en negociarla. Uma niña de doce años, con el viejo de sesenta. Para el coronel del campo, exhibir una niña como su esposa era un lujo para pocos. Bella, pechos arrebiatados, agradara a él. Muchos le envidiaban.

Los años pasaron y ella, respectada mujer de agricultor de muchas tierras, era casi feliz. Lamentara no tener hijos, pero tenía la consciencia de ter sido ayudadora en la alcoba. La muerte del marido, abrió los ojos de los vecinos solteros, todos deseosos de la herencia de la viuda y también de su bello cuerpo. Volvió a lo joven que le sonreía con una fila inmensa de dientes blancos. Deseó besar aquella boca. Sacudió la cabeza, precisaba espantar los viejos fantasmas del cuerpo. Rápidamente, hizo una sopa de legumbres, lo que agradó a lo joven. Un anjeo, alto, delgado, rostro de niño, pero con un cuerpo que prometía. ¡Moreno bonito! Ella nunca tuvo un novio, si lo tuviese, elegiría aquello.

Sentados, a la vieja y pequena mesa de la cocina, el silencio valía oro; Él callado, hablando solamente con los ojos, a mirarla cuerpo entero y ella, siempre con aquella caliente sensación entre las piernas. Nunca más sintió aquello, desde la muerte del marido. Miró, miró y después de cierto tempo, le dice que entregaría el su pedacito de suelo, pero con una condición: Que él la llevase de allí; cuidaría de él, lavaría su ropa, arrumaría su cuarta, haría deliciosas ensaladas...

– No soy vegetariano, me gustan las carnes...

Sentió que el mirar de él iba de encuentro a las sus carnes. Se olvidó hasta mismo que ya no era joven.

El rapaz era poeta y no estaba interesado en su minúsculo suelo. Vino por insistencia del padre, el único, que solamente ahora, supiera de la muerte del viejo.

– Se yo fuera joven, cuidaría de sus libros, aprendería a leer y salgaría por ahí, declamando sus poemas...

– Sería la novia...

Nuevos calofríos, pero no era joven. Em el dia siguiente, él se fue, pero antes, pasó en la notaría y transfirió la pose de tierra para ella. Ahora la tierra era suya, y el verso “seria la novia”, ¡también!