BELLA SANTIAGO
ESPAÑOL
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                                                        LA ESPAÑOLA


  Dos fuerzas contradictorias se peleaban dentro del espíritu de Isabel desde la infancia: el llamamiento del cielo y el llamamiento del mundo. Hija de un criador de gansos de los alrededores de Salamanca, perdió a su madre cuando tenía sólo seis años. Este hecho le proporcionó el primer contacto con la idea de Dios que quedaría grabada por muchos y muchos años en su mente: un Dios tirano había llevado a su amada madre haciendo uso del poder arbitrario de Su voluntad indiscutible. El triste cuadro de las lagrimosas mujeres vestidas de negro que rezaban velando el cuerpo inerte de su pobre madre, igualmente trajeada de negro y con la expresión más desolada que podría verse en una cara humana, puso en el corazón de Isabel la certidumbre de que aquel Dios era cruel y el cielo, hacia dónde, según las plañideras, su madre había ido, no era un lugar bueno. De lo contrario, la muerta no estaría con aquella cara tan triste.
  Doblemente sufrió Isabel; por la muerte de la madre, y por la indiferencia del padre, sumergido en la apatía desde el día que enviudó. Para espantar la tristeza, la niña se largaba por los campos arreando los gansos y sólo volvía a casa cuando anochecía. Durante esos paseos solitarios se alimentaba de frutos silvestres, bebía agua de los riachuelos, se sentaba en las rocas más altas para contemplar los valles, y no pensaba en nada, atenta sólo a los latidos del propio corazón. El bullicio de los gansos y el frescor de los campos aliviaban la tristeza que con el tiempo fue disipándose hasta desaparecer sin dejar marcas visibles.
  Así Isabel fue creciendo y ni se dio cuenta. Y a medida que crecía sus largos cabellos negros iban quedando cada vez más largos, pasaron de la cintura, y tan largos quedaron que un día la niña necesitó trenzarlos para que no le estorbasen los pasos. Cuando sorprendió a la niña trenzando el cabello su padre finalmente reaccionó como si despertase de un largo sueño. Previendo que de ahí en adelante todo hombre que viese aquella negra trenza iba a desear destrenzarla, mandó que la niña arreglase sus poquísimas pertenencias y la llevó a un convento donde, creía él, las monjas la protegerían de los males del mundo y le darían una educación más esmerada.
  Isabel tenía trece años cuando entró al convento aislado en las cumbres de las colinas de Ávila. Aquel fue su segundo contacto con el mundo de Dios, todavía más atemorizador que el anterior. Las religiosas llevaban una vida que, a simple vista, podría parecer sublime, pero que después, evaluada desde dentro de las pesadas puertas del convento, se revelaba insana. Aquel mundo de oraciones y penitencias, de oraciones y votos de silencio, de oraciones y renuncias, era definitivamente un mundo triste. Fue por esa época que Isabel comenzó a suspirar. Daba largos y desolados suspiros que hacían estremecer convicciones cultivadas con cuidado en los corazones de las religiosas, esparciendo inquietud. Más tarde, pensando en los siete interminables años que pasó en el convento, Isabel concluyó que había sobrevivido gracias a los gansos.
  Teniendo conocimiento de la experiencia de la niña con las aves, las monjas le encomendaron su cuidado. Muy temprano, después de las primeras oraciones, ella alimentaba gallinas, patos y gansos y después los arreaba ladera abajo, la ropa blanca de novicia confundiéndola con las aves. Esos momentos de libertad dejaban su cuerpo liviano como deben ser los espíritus, y sin duda fueron responsables por su supervivencia en aquel lugar sombrío.
  En vísperas de prestar votos perpetuos, su actitud inadecuada y sus suspiros inconvenientes preocupaban a la superiora de la orden que decidió enviar a Isabel en peregrinación, en un último esfuerzo de ver confirmada una vocación inexistente. Si no salía bien, no sabía lo que hacer, pues el padre de la muchacha había fallecido dos años antes, dejándola huérfana y sin parientes que la acogiesen.
  Así fue que Isabel siguió a pie a Santiago de Compostela, acompañada por dos monjas y, cuando allí llegó, conoció a Ignacio, el escultor que había sido agraciado con una revelación divina. La fe sin sombra de duda se personificaba en aquel hombre delgado, de cabellos largos y barba cortada, que se parecía a Cristo. En él Isabel encontró lo que buscaba dentro de sí misma sin jamás encontrar: la verdadera fe.
  Impresionado con la devoción en la mirada de la muchacha y arrebatado por la visión de la larga trenza negra que mal divisó bajo la mantilla y deseó deshacer, Ignacio sintió sus instintos despertar con atemorizadora intensidad. Informado sobre la situación de la muchacha, tomó la única actitud que las circunstancias y la decencia le permitían. Buscó a las monjas y propuso casamiento a Isabel. Un mensajero fue enviado a consultar a la madre superiora que concordó inmediatamente, sin disfrazar el alivio que sentía en librarse del problema.
  Ignacio e Isabel se casaron en una ceremonia campestre, simple pero linda, asistida por curas, monjas y peregrinos. Quince días después partirían hacia la gran aventura del Nuevo Mundo. 


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                                                           CONSOLAMENTUM
  Durante los primeros años en el Nuevo Mundo Ignacio evangelizó rarísimos impíos que se acercaban desconfiados, trabajó mucho y tuvo con Isabel seis hijos, todos hombres. Una vez al mes un joven fraile del convento de San Antonio, llamado Clemente, venía de visita a la capillita donde el entonces beato Ignacio fue a parar, por concesión de los franciscanos. Clemente se hospedaba en la casa de los españoles, trayendo las novedades de la ciudad, provisiones y enseñanzas religiosas.
  Las visitas de Fray Clemente eran siempre un acontecimiento. Con la casa toda arreglada para recibirlo, Isabel se esmeraba en los manjares y esperaba ansiosa la llegada del religioso por quien tenía inocultable afición. Los días de visita, Frei Clemente e Isabel pasaban las tardes en el porche en animadas conversaciones que entraban por la noche. Él siempre se quedaba dos días, después tomaba el camino de vuelta bajando el río en la canoa conducida por un indio bautizado con el nombre de Adán.
  Fue el franciscano el involuntario causante de la desdicha que se abatió sobre la familia de Isabel, y que iría otra vez a cambiar radicalmente la vida de la española.
Todo empezó cuando, en medio de una conversación sobre la creación de la orden a la que pertenecía, el fraile mencionó a los herejes cátaros e Ignacio demostró un gran interés sobre el asunto. Por ello, en la visita siguiente el fraile le trajo de regalo una copia del Liber de Duobus Principiis y un antiguo ejemplar de la biblia cátara, usados en el convento para estudios. Creyendo estar contribuyendo para reforzar la fe del español, Frei Clemente estaba en la verdad plantando una peligrosa semilla. A partir de la lectura del material suministrado por el fraile, Ignacio comenzó a cambiar. Pasó a creer que el carácter divino del mundo espiritual era tan verdadero como el carácter satánico del mundo material. Esas convicciones germinaron con sorprendente fuerza en el terreno fértil de su espíritu atormentado por la vida de penuria, sufrimiento y aislamiento llevada durante tantos años, hasta que había encontrado alguna alegría en el amor de Isabel.
  En los meses siguientes la doctrina cátara fue tema de interminables discusiones durante las visitas de Fray Clemente. Por más que argumentase con las ideas del propio San Francisco y de otros renombrados teólogos, el religioso no conseguía sacar de la cabeza de Ignacio la intención de volverse un puro. Convencido de que vagaba en un universo malo, Ignacio pasó a rechazar a la mujer en el lecho conyugal y renegó sus hijos, declarándose culpable de haber contribuido para aprisionar aquellas pobres almas a la vil materia. Se mudó a la minúscula sacristía de la iglesia a fin de mantenerse distante de los parientes que podían contaminarlo con sus cuerpos impuros. Se alimentaba sólo de vegetales porque creía que los animales también tenían alma. Rezaba y se penitenciaba todo el día. Concentrado en la contemplación divina, no trabajaba, lo que llevó a Isabel a remangarse y asumir la responsabilidad por la manutención de la familia. Los niños tuvieron que ayudar: los dos más grandes junto a ella enfrentando el pesado trabajo del campo, los dos del medio ayudando con el padre enfermo y con los hermanos menores todavía muy pequeños para trabajar. Mientras Ignacio languidecía, Isabel luchaba para mantener vivos a sus hijos y a ella propia.
  Más sorprendente que la conversión de Ignacio fue el éxito de las predicaciones que hacía. Nunca antes la iglesita había abrigado tanta gente. Algunos venían de lejos para oír aquel que predicaba la perfección, porque entonces Ignacio ya se consideraba un perfecto y practicaba el consolamentum.
Alarmados con las noticias que venían de la iglesita y con el rumbo que las predicaciones del español tomaron, los frailes alertaron al gobernador de la provincia para el peligro que representaba la propagación de una secta hereje en una tierra todavía sin grandes convicciones religiosas. Todo el trabajo de catequesis que venían realizando podría ser anulado por un único desvariado como Ignacio. Solicitada la intervención del gobierno, una milicia fue enviada al local para prohibir el culto hereje y prohibir la capilla.
  La llegada de la guarnición fue el detonante de la tragedia. Era domingo e Ignacio estaba en medio de una predicación cuando los soldados invadieron la iglesita llena. Hubo un remedo de alboroto a la hora que el comandante se dirigió al predicador y le pasó a las manos la prohibición oficial al culto. Después de leer el papel, un trastocado Ignacio, a los gritos, incitó a los fieles contra los soldados, que, según él, estaban allí a servicio del demonio. La confusión que se formó entonces resultó en muchos heridos de ambos lados. Chocado con la violencia que presenciaba, Ignacio, todavía más alucinado, subió al altar y delante de la atónita platea hizo aquella que sería la última predicación de su vida, antes de atravesar el propio pecho con una lanza retirada de la mano de una imagen de San Jorge que adornaba el altar.
  Muerto Ignacio, los religiosos, preocupados con el destino de la joven viuda llena de hijos por criar, decidieron donarle legalmente a Isabel las tierras alrededor de la capillita. Así la española fue la primera mujer hacendada en el valle del Paraíba.