ROSAURA PARANHOS
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                             Fragmentos del libro "A Caminho do Super-homem" (A Camino de Superman...)”


"Vivimos en una gran contradicción en este nuevo milenio. Habitamos un excitante mundo que podríamos designar por el nombre de “mundo de Superman”, viviendo en el mismo cuerpo de un hombre de las cavernas. Esto significa experimentar los extraordinarios inventos tecnológicos, que amplían mucho nuestros límites a través de las sensaciones de levedad, rapidez y velocidad, así como la fantasía de invulnerabilidad e infinitud, encerrados en nuestros cuerpos, limitados por el peso, la fragilidad y la muerte.”
 
“Pero es suficiente cualquier falla en el engranaje de este mundo — digamos, la angustiosa experiencia de un embotellamiento —, para que caigamos de las nubes, irritados y frustrados por la lentitud y por constatar que, en esencia, no somos muy diferentes de nuestros más remotos ancestrales.”
 
“Esta intermediación creciente parece haber alcanzado el apogeo: no son más nuestros sentidos los testigos de la realidad en que vivimos, porque, para eso, contamos con los aparatos apropiados para la comparación precisa. Pero — es importante repetir —, los datos obtenidos a través de la verificación científica superan mucho las limitaciones de la carne y, de este modo, pasamos a vivir una realidad más allá del hombre, más apropiada a seres poseedores de súper poderes. Así es que, en las carreteras corremos a velocidades asombrosas para nuestra capacidad natural; caemos de lo alto de súper juegos en parques de diversiones; subimos a las alturas, a bordo de inmensos artefactos; habitamos o trabajamos en rascacielos, construcciones monstruosas, excesivamente desproporcionadas a nuestros cuerpos y enfrentamos en nuestra rutina un tránsito caótico, repleto de vehículos metálicos, grandes y veloces lo suficiente para aterrorizar al más corajoso de nuestros ancestrales. Como si no fuera suficiente, además somos obligados a convivir con todo esto — en un ritmo mucho más acelerado que el de nuestros propios movimientos — ¡cómo si fuera la cosa más natural posible!”
 
“Pero si no vivimos conscientemente amedrentados por los riesgos inclusos en el progreso, la propia vivencia en este mundo más apropiada a superhombres y la observación del resultado de la mortandad exhibida cinematográfica y cotidianamente por los medios de comunicación tiene como consecuencia natural desequilibrar la interacción mente-cuerpo, sobre todo en aquellos ya propensos a estos disturbios”.
 
“Sin embargo, si el actual conocimiento de la interdependencia entre lo físico y lo mental hace con que no tenga más sentido buscar por las fronteras entre la mente y el cuerpo dentro de nosotros mismos, ¿quién sabe cambiando la perspectiva con la que observamos la cuestión no tendríamos más éxito? En lugar de estudiar las relaciones mente-cuerpo dentro del hombre o a partir de él, como hizo Descartes, entre otros, propongo que investiguemos estas mismas relaciones observando el mundo que él construyó. Para mí, esto representa un gran hallazgo. Porque intentar delimitar mente y cuerpo dentro de nosotros mismos es dejarnos enredar por la compleja interacción, quedando al final más confusos que antes. Si podemos hablar en algún error de Descartes, se trata justamente de ese. Pero es justificable porque el mundo de su época no propiciaba tal conclusión. Hoy ocurre lo contrario. Analicemos el mundo del superhombre — lo que ya estamos haciendo desde el principio —, he aquí la propuesta. Sin embargo, es necesario resaltar que comprender mejor al hombre analizando su mundo no significa, necesariamente, que se haya facilitado la tarea, sólo que la haya vuelto viable. El asunto es complejo y difícil y, antes de todo, exige un intento de conceptuación a respecto de lo que es dualidad y monismo.” 

“La identificación con nuestros cuerpos, que siempre fue precaria, disminuyó de forma sustancial y decisiva con la invención de medios de transporte y comunicación más rápidos. En el pasado, la incómoda realidad de la carne era confirmada a diario por las difíciles condiciones de locomoción, situación que, de cierto modo, mantenía al hombre con los pies en la tierra, impidiéndole sucumbir de una vez a la irresistible atracción por el universo mental.”
 
“En consecuencia, el hombre se fue desmaterializando en razón directa del aumento de la velocidad que los vehículos alcanzaban y así que los aparatos destinados a la comunicación habían empezado a suministrar atributos semejantes a los mentales, como la instantaneidad, la ubicuidad y la omnisciencia”.
 
“Ante tantas contradicciones, sólo nos resta concluir que debemos estar hablando de dos cuerpos distintos, y así parece oportuno que repitamos la pregunta que abrió este capítulo: ¿De qué cuerpo estamos hablando? El cuerpo, que es también la tarjeta de presentación de la persona, es el cuerpo ideal. El mundo está caminando hacia un proceso creciente de individualización que presupone el cuidado obsesivo de este cuerpo, entre otras cosas. Cuando aquí se habla en la identificación con la mente en detrimento del cuerpo, el cuerpo a que se está refiriendo es aquel que ya identificamos en los primeros capítulos, es decir, el de la carne y de sus tristes necesidades de supervivencia y no ese último, el cuerpo ideal o idealizado. Aquel que el hombre usa para “hacer músculos”, perfumarse, vestirse elegantemente y así desfilar ante el mundo — como si el cuerpo fuera una vitrina — es un cuerpo constituido mucho más de fantasía que propiamente de carne.”
 
“Una obra de arte es el testimonio flagrante de la frustración ante los límites físicos impuestos a la expresión plena del ser pensante. Es la prueba del conflicto y a la vez la solución para el deseo de libertad absoluta de movimientos, de fusión a la cosa vista, a los colores, a la luz. La verdadera obra de arte libera el espíritu de los límites impuestos por la solitaria prisión carnal. Cuanto más el artista consigue compensar para sí y para nosotros — que observamos el cuadro —, los deseos frustrados por la discapacidad de libertad total de movimientos, de vuelo y de fusión con la luz, más su obra alcanzará la plenitud.”
 
“En la cena de los apóstoles, Jesús tomando del pan y del vino dijo que era su cuerpo y su sangre, y hasta hoy el ritual de cada misa repite el acto en memoria de Él. ¿Por qué Jesús permitió ser recordado a través del pan (cuerpo) y del vino (sangre)? ¿Y en la cruz, agonizante, le pide al Padre que perdone a aquellos que lo habían crucificado, porque no saben lo que hacen? ¿Y Pedro, el discípulo amado, negándolo tres veces antes del cantar del gallo? ¿Cómo comprender todas estas señales? Si pensemos que todos estos ejemplos apuntan para la debilidad humana de negar la propia carne, desconociendo consecuentemente las necesidades del prójimo para vivir resistiendo a los deseos inagotables del cuerpo ideal que consume todas nuestras energías, pienso que podemos así comprender a Jesucristo bajo una perspectiva sencillamente humana y a nuestro entero alcance. Para quien cree difícil aceptar lo trascendental que existe en el hombre, quizás esto sea suficiente.”
 
“Sancho puede muy bien simbolizar el cuerpo de Quijote. Esto queda bien claro en toda la novela, en especial en dos pasajes, transcritos respectivamente en las aperturas del primero y quinto capítulos de ese libro (“A Caminho do Super-Homem...”). En la primera, la imagen del caballero y del escudero como un todo, formado por el par señor (cabeza) y criado (miembros), además de magnífica, no deja dudas cuanto al mensaje: Sancho deberá padecer de los dolores de la carne, causados por el espíritu. Así, él se queja que el amo no está sujeto a sufrir esos dolores que lo afligen, al que Don Quijote, en uno de los más bellos pasajes de la novela, se defiende: por el criado, era atormentado por sufrimientos mayores en su espíritu, esto es, morales, que Sancho, en su condición carnal. En la parte transcrita para el quinto capítulo, la imagen también es vehemente: la fidelidad del escudero para con su señor es total, absoluta. Solamente la pala y el azadón del sepulturero podrán separarlos. De hecho, sólo la muerte separa definitivamente la unión estrecha y dinámica entre el cuerpo y el espíritu.” 

En el capítulo XX, vol. I (Don Quijote de La Mancha), el caballero que nunca puede cerrar los ojos, en un descanso total y completo, le dice a Sancho que duerma, ya que él, el criado, había nacido para eso. Pues, el espíritu, en verdad, casi nunca adormece completamente. Mientras la noche avanza, en el cerebro se reorganizan las informaciones cosechadas durante el día; son realizadas las operaciones necesarias a la memoria y al aprendizaje. Además, los sueños realizan deseos, escenifican obras, pasan películas de acuerdo con la imaginación y al agrado de cada uno. Así, si Don Quijote representa ese espíritu siempre envuelto en fantasías, helo aquí, un día, bajado a las profundidades de la cueva de Montesinos, testificando maravillas, mientras Sancho, al contrario, habiendo caído de forma desdichada y realista en una gran cueva común, padece de ansiedad y miedo, temiendo por la propia vida. Es de ese modo, en la gran novela cervantina, que somos presentados nuevamente a las naturalezas opuestas pero a la vez complementarias y armoniosas del par mente-cuerpo, del cual somos constituidos.”
 
“La imagen más fuerte que nos deja la novela de Cervantes es la de los molinos, aquella que nos hace recordar el caballero como el loco más original y adorable que el universo literario ya ha producido. Quijote se volvió una figura tan viva y popular que las palabras derivadas de su nombre sirven para describir, en las varias lenguas del mundo, situaciones que van desde la actitud romántica e ingenua de quien se mete en líos por solidaridad al prójimo, hasta el sentido de acto ridículo, fanfarronada, vanagloria. Aunque la muerte no parezca armonizar con el recuerdo bien humorado de sus cómicas aventuras, no creo que leyendo el último capítulo de la novela alguien pueda quedarse insensible a la tristeza de su fin. Diferente del ensangrentado final de Hamlet, la muerte de Don Quijote — sin derramar ni siquiera una gota de sangre — nos toca el fondo del alma, dolorosamente.”
 
“Fue el escritor alemán Friedrich Schlegel quien primero comprendió a Don Quijote como obra dual, en que el caballero representa la espiritualidad y Sancho el lado material, existentes en la vida humana. El acierto de la interpretación de tal forma popularizó la doble imagen que, hoy, no conseguimos entender como los intérpretes que lo habían antecedido no habían percibido la dualidad que allí se encuentra de forma tan evidente. Como no podría dejar de serlo, concuerdo íntegramente con la interpretación, pero entiendo que la intuición del sabio germano no fue comprendida en todo su alcance, ni de manera adecuada, desdoblada. Una cosa es considerar, de una manera vaga y generalizada, los dos personajes como representantes del par espiritual-material, y otra es enfatizar en el caballero la personificación de la mente o espíritu y en Sancho la representación de la carne. La propia novela nos conduce a este pensamiento.”
 
“Si prestamos atención a las palabras dichas entre Sancho y el caballero, comprenderemos que allí dialogan el cuerpo y el alma. Él, que es mudo por naturaleza, toma prestada la voz del escudero para quejarse de los maltratos. A su vez, el alma intenta infundirle ánimo con sus espejismos y fantasías. Habla de su vocación para las aventuras y los actos heroicos y como paga y disculpa por los golpes y sufrimientos causados por los maltratos le promete, a través de una isla, el paraíso perdido. En mi opinión, la estrecha amistad que une a los dos compañeros, así como la atracción irresistible de Sancho por la locura de Quijote, representan la interacción y la interdependencia entre el cuerpo y la mente.”
 
“No solemos apreciar la realidad que se presenta sin ningún disfraz. Aceptamos las cosas de la carne sólo cuando vienen enfocadas por la lente de la sensualidad o del humor y sólo con mucha fuerza nos obligamos a pensar seriamente en su grave condición. Porque en pensamientos somos, en la mayor parte de las veces, también puros espíritus. Despojados de las mediocres limitaciones de la carne imaginamos un argumento donde podemos sentirnos héroes. En él luchamos intrépidamente por la libertad, por la honra y la dignidad heridas. En pensamientos matamos impunemente y jamás morimos. A no ser “de mentira”. Somos reyes en sus propios dominios y de lo alto de nuestra condición apreciamos juzgar el mundo y evaluar la existencia a través de las más sublimes concepciones.”
 
“El saber encontrado tanto en las obras de Shakespeare cuanto en las de Cervantes evidencia la reflexión de espíritus maduros y extremadamente sensibles a los problemas humanos. La distinción que se puede hacer entre las dos es que la primera da la impresión de haber sido inspirada más por los sufrimientos del espíritu que de la propia carne. Mientras Shakespeare, de algún solitario rincón del alma medita sobre la existencia y sus profundos significados, Cervantes explora profundamente dentro de sí mismo para extraer de forma dolorosa la filosofía de un diente roto a golpes, la comprensión aguda que se adquiere a través de unas costillas partidas, de la mano herida e inutilizada. Más que observaciones de un espectador, su sabiduría es el resultado de la aflicción de un espíritu que toma consciencia del cuerpo al desear la libertad, encerrado en una celda de prisión.” 

“Junto al lecho de muerte de Don Quijote somos todos redimidos de nuestras locuras. Mucho más que sólo haber contaminado y afeado la naturaleza con la maquinaria tecnológica, necesitamos ser absueltos por haber contribuido, aunque indirectamente, para que tantos sucumbiesen en el engranaje. El delirio, la temeridad, la insensatez y todo lo demás de que fuimos tomados bajo el impulso irresistible de seguir adelante podrá ser comprendido y justificado al final de la historia del cabalero. Con la muerte de él es que entendemos el llamado. El camino de Quijote inunda nuestra alma de luz. A lo lejos, he aquí que divisamos en la alongada esperanza de su figura una revelación más. Habíamos estado engañados. Don Quijote no reniega la carne. Al contrario, justamente por reconocerla en su extrema fragilidad y finitud en el otro fue que resolvió salir al mundo, defendiendo a los débiles. No a los débiles por falta de ánimo — que para esos el mundo siempre puso a su disposición un arsenal de exhortaciones, así como de estrategias —, y sí a los débiles debido a la fuerza física insuficiente para que se opongan a las maldades y peligros reales que circundan la existencia. Si reconoció la frágil condición física del prójimo, sin embargo, tuvo que relegar a segundo plano la suya propia, para salir por el mundo combatiendo en favor de los indefensos. Ahora podemos entender la actitud temeraria del caballero frente a los peligros y obstáculos enfrentados de forma aparentemente gratuita, en sus aventuras.” 

“Aunque la magnitud de tal sabiduría sea imprescindible a la naturaleza superior de nuestro espíritu, elevándonos en momentos de desánimo, visto de aquí de abajo, el mundo parece más necesitado de caballeros andantes que de príncipes. Quien se dispusiera a observar sus dramas y miserias podrá quedar tentado a inspirarse en el pensamiento de que: si para vivir hay que estar loco, que sean locos poseedores de un ideal, tal cual Don Quijote, y hasta alabar la cólera del caballero ante tantas injusticias, exaltando brazos corajosos como los de él, para cuantos seres frágiles y necesitados de protección...” 

“Chaplin sabía que sus películas tenían que seguir siendo mudas y él tenía toda la razón. La mímica siempre fue y seguirá siendo el lenguaje mudo del cuerpo. La voz del alma aprisionada en su interior. Pero los tiempos modernos, más que cualesquier otros, habían empezado a perseguir y a afligir de tal manera ese cuerpo, atormentando el alma que lo habita, que el cine mudo, de una forma general, representó una válvula de escape para esa opresión. El vagabundo expresa el grito enmudecido de ese espíritu perseguido. La coreografía del desamparo y desesperación de un cuerpo delante de las trampas que la máquina del progreso suele preparar. Para no ser cosificado, desmenuzado en los engranajes o perseguido por el aparato policial que siempre al final lo obliga a huir, Carlitos hace de su pantomima el ballet patético de la existencia, llevándonos, muchas veces, a aquella risa incontenible y provocadora de emociones básicas y profundas. Sí, la comicidad, en Carlitos, nace de la percepción inconsciente del drama que subyace por detrás de las aparentes escenas de una comedia burlesca. Si tomáramos conciencia de la miserable condición de la carne, en lugar de reír, quizás llorásemos al verla representada por Chaplin en el cine mudo.” 

“Carlitos es un símbolo para el cuerpo oprimido por el progreso. Cuerpo este que en las clases sociales más bajas, en la miseria de la poca o ninguna atención de las necesidades vitales, se ve representado en su esencia. El vagabundo y ese cuerpo negado en su naturaleza de máquina de necesidades son una sola cosa. Tanto Carlitos cuanto los indigentes saben muy bien lo que significa tener que ocupar un lugar en el espacio, un espacio público o privativo del otro, cuando no poseen medios de obtener el suyo propio. Sienten en la propia piel las consecuencias de tener que atender a las necesidades básicas, no teniendo recursos apropiados para tal, ni las mínimas condiciones de conseguir esos recursos por cuenta propia, lo que significa de una forma o de otra crear problemas con la ley y, así, irritar a sus representantes legítimos. La sociedad institucionalizada, como tal, sólo aparentemente es igualitaria. Hasta que se esfuerza en cumplir el papel de protectora del humano. Pero como no reconoce en la base del hombre el conflicto original, le es imposible tomar consciencia de su identificación con la política individualista y egoísta del ser pensante, cuando piensa estar haciendo un trabajo benéfico y progresista. Es de ese modo que, paradójicamente, al final, la sociedad moderna acaba por reflejar la oposición al cuerpo que debería antes proteger, cuerpo este en desventaja en las capas más bajas de su organización, haciendo que el discurso sobre lo social se distancie, cada vez más, de las propias acciones.”
 
“Observemos la figura del vagabundo. La propia constitución física menuda de Chaplin, en la indumentaria de Carlitos, dibuja una silueta desamparada y solitaria; pequeña, infantil y en la forma de una especie de botijo, con enormes pies que propician un andar torpe, de pato, pareciendo irremediablemente amarrado al suelo que pisa, al espacio que ocupa. Sí, el vagabundo es el opuesto de las siluetas de muchos súper héroes y del propio Superman americano, cuya figura un poco alongada y triangular — por el fuerte tórax en evidencia y adornada por una larga capa — idealiza la superación de los límites humanos, en fuerza y capacidad para volar. El vagabundo significa, por la propia existencia material, una amenaza constante a esa sociedad institucionalizada y organizada por y para superhombres, en nombre del chivo expiatorio para su vaga sensación de culpa, como ya vimos. Él, que está siempre ocupando un espacio que no es el suyo; que es la imagen viva de la finitud humana.” 

“Reímos de Carlitos — una evocación y a la vez un símbolo de nuestro cuerpo torpe — enredado con las maquinarias del progreso, intentando siempre librarse de las emboscadas que ellas, las cosas pertenecientes al mundo contemporáneo, le preparan”. Ellas le hacen una jugarreta, tales como estamos acostumbrados a vivir. En todas las situaciones cómicas allá está él, el cuerpo mudo, en lucha constante con su condición de peso; de ocupar un lugar determinado en el espacio; de ser miserablemente visible, cuando la situación embarazosa o aún peligrosa aconsejaría lo contrario. Ejemplifiquemos para esta última circunstancia — la visibilidad — el ejemplo del vagabundo en El aventurero, citada en el propio libro del crítico francés (en aquel, sin embargo, para otra finalidad diferente de la nuestra).” 

“Nos reímos a carcajadas porque conocemos a fondo la solución mágica encontrada por un espíritu acorralado y temeroso en su prisión carnal, que, a través de un puñado de tierra, tapando el zapato de su perseguidor, hace al otro desaparecer o representa el poder de volverse invisible. Ahora podemos decir que empezamos a comprender el símbolo chapliniano, a través de esas dos vertientes: el del niño y la de la condición tragicómica. Pues, la tragedia es la existencia de la carne en un mundo dispuesto a negarla. En la figura frágil de Carlitos está representada esa carne que tiene en la infancia su etapa más crítica. Tanto Carlitos, como personaje, cuanto el tema de sus películas son trágicos. La comicidad nace de los intentos patéticos del vagabundo en ocupar un lugar en el espacio de este mundo que niega y rechaza su existencia...”


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